SOLISEl camino hacia el futuro
ES
Capítulo 01

Fundamento

Imagina que estás en una meseta alta. Ante ti se extiende un paisaje amplio, y en todas direcciones parten caminos gastados desde hace mucho: la ancha carretera del capitalismo, el sendero trillado del socialismo, los sinuosos caminos de mosaico de la democracia, las pedregosas rutas de marcha de las autocracias. Cada uno de estos caminos lleva las huellas de generaciones enteras, y cada uno tiene su propia historia. Y cada uno de ellos, si miras con atención, termina ante el mismo muro.

Sentimos este muro aunque no lo nombremos. Lo sentimos en los informes sobre el clima, que se suceden cada vez más deprisa, en los bosques que arden y en los mares recalentados. Lo vemos en la brecha entre ricos y pobres, que se abre más con cada crisis, y en los invisibles para quienes ya no hay sitio en el mundo del trabajo. Lo vivimos en democracias que se tambalean y en autocracias que se fortalecen porque la confianza se ha desmoronado. Y lo olemos en la niebla digital de notificaciones sin fin, en algoritmos que devoran nuestro tiempo, dirigen nuestros pensamientos y deshilachan nuestra humanidad.

Este libro es el intento de trazar un camino que no termine ante ese muro. Se llama SOLIS, y no es un programa de partido, ni una religión, ni un Estado. Es el diseño de un orden social capaz de resistir las condiciones de este siglo: un orden que sigue siendo justo aunque las personas que lo integran sean falibles, que sale fortalecido de las crisis y que puede corregirse a sí mismo. Antes de que empiece el diseño, debe quedar claro por qué hace falta.

El callejón sin salida de los órdenes establecidos

A lo largo de su historia, la humanidad ha producido varios grandes proyectos de orden, y cada uno de ellos ha logrado algo real.

El capitalismo liberó prosperidad y capacidad de invención en una medida sin precedentes. Al mismo tiempo, saqueó las bases naturales de la vida y dividió a las sociedades. El socialismo se tomó en serio la promesa de la igualdad y, en la forma que realmente adoptó, asfixió la libertad y el espíritu inventivo. La democracia dio voz a las personas, y choca con su límite allí donde muchas voces se convierten en un ruido sin rumbo al que le faltan los mecanismos de la autocorrección. La autocracia exhibió determinación y orden, a costa de la dignidad y de la fuerza creadora sin la cual ninguna sociedad sigue viva.

Ninguno de estos proyectos es sencillamente falso. Cada uno ha llegado a un límite interno que no puede superar por su propia lógica. Y estos límites resaltan hoy con tanta nitidez porque las condiciones en las que surgieron aquellos órdenes han cambiado de raíz. Los grandes desafíos del presente ya no son nacionales, ya no están separados entre sí y ya no son lentos. El cambio climático, la concentración de la riqueza, la conmoción causada por la técnica digital y la erosión de una relación compartida con la verdad se entrelazan. Se refuerzan mutuamente y se despliegan más deprisa de lo que las instituciones establecidas pueden procesarlos. Un orden construido para un mundo más lento y más acotado ya no puede gobernar con fiabilidad un mundo interconectado y acelerado. No nos enfrentamos a un engranaje roto que pudiera sustituirse. Nos enfrentamos a una máquina cuyo diseño ya no se ajusta a las condiciones.

Ante este panorama, SOLIS no se entiende como una ideología más. Es la respuesta a un análisis sobrio de lo que falta, y esta respuesta se resume en cuatro necesidades.

En primer lugar, hace falta un orden que ponga en equilibrio al ser humano, el planeta y la técnica, en lugar de subordinar uno a otro: ni el ser humano por encima de la naturaleza, ni la máquina por encima del ser humano, ni la economía por encima de todo. En segundo lugar, hace falta un orden que no maximice la ganancia a corto plazo, sino que se oriente a la durabilidad, la resiliencia y el bienestar común. Un crecimiento que consume las bases de su propia posibilidad no es progreso. En tercer lugar, hace falta un orden que fomente la invención sin sacrificar sus límites éticos. Pone las herramientas más poderosas del presente, desde la inteligencia artificial hasta la ingeniería genética, al servicio del ser humano, en lugar de entregarlo a ellas. En cuarto lugar, hace falta un orden que una la competencia y la conciencia, y no mediante la coacción, el dinero o la acumulación de poder, sino mediante el sentido y una orientación compartida. Las transformaciones más profundas de la historia nunca fueron meramente técnicas. Fueron siempre también movimientos culturales y éticos.

Es fácil objetar que un proyecto así es utópico. Sin embargo, no se basa en la suposición de una humanidad mejor. Se basa en la constatación de que seguir como hasta ahora es lo verdaderamente improbable. En un mundo cuyo destino ecológico, tecnológico y geopolítico es compartido, prolongar lo existente no es la opción segura, sino la más arriesgada de todas. SOLIS se apoya en los elementos sólidos de la experiencia humana, en el ingenio, la profundidad ética y la capacidad de pensar más allá de lo inmediatamente propio, y los une en un orden que se sostiene.

La humanidad en la encrucijada

Nunca antes tuvo la humanidad tanto poder sobre su propio destino. Podemos modificar genes, abandonar el planeta, convertir el mundo en una única conversación y usar o destruir recursos en una medida impensable hace solo unas décadas. Y nunca antes estuvimos tan cerca del abismo, porque lo que hemos ganado en poder no lo hemos desarrollado a la par en sabiduría, atención y sentido de lo común. Que los órdenes establecidos lleguen a sus límites no es, por tanto, un diagnóstico abstracto. Se manifiesta en varias crisis simultáneas, cada una de las cuales pesa por sí sola y que solo juntas, en su acoplamiento, componen el verdadero cuadro.

La crisis ecológica es la más fundamental, porque afecta a la condición material de toda sociedad. Una economía que consume los recursos más deprisa de lo que se renuevan y trata la estabilidad del clima como una dote gratuita socava las condiciones de su propia supervivencia. Ninguna prosperidad y ningún progreso pueden asegurarse de forma duradera en un planeta desestabilizado. La crisis social se manifiesta en una concentración de la riqueza y de las oportunidades que vacía por dentro la cohesión de las sociedades. Donde la brecha entre participación y exclusión se abre demasiado, la promesa de la igualdad ante la ley pierde su base tangible, y con ella la confianza que sostiene todo orden. La crisis tecnológica es de un tipo propio, porque no solo cambia los medios, sino al ser humano mismo. Los sistemas digitales determinan hoy lo que las personas perciben, cómo juzgan y hacia dónde dirigen su atención. Donde estos sistemas solo sirven para explotar la atención, surge una dirección silenciosa que escapa al control consciente.

La crisis política se deriva de las anteriores. Donde las instituciones ya no resuelven los problemas, la confianza mengua. Donde la confianza mengua, ganan poder las respuestas simples, que no resuelven las situaciones difíciles, sino que las encubren. Democracias estables empiezan a tambalearse, y los modelos autoritarios ganan atractivo porque prometen capacidad de acción. La crisis de sentido, por último, es la menos visible y, sin embargo, la que actúa más hondo. Un orden que se dirige a las personas ante todo como consumidores, mano de obra y puntos de datos deja sin respuesta una pregunta que no puede acallarse: para qué sirve todo esto. Ya no sabemos qué es suficiente, qué es bueno y qué significa «nosotros». El consumo sustituye al significado, la distracción sustituye a la reflexión, la eficiencia sustituye a la humanidad. Sin respuestas sólidas a la pregunta por el sentido, se desmorona el sostén interior del que las sociedades extraen su capacidad de resistencia.

Estas crisis no pueden resolverse por separado ni una tras otra, porque se condicionan mutuamente. Precisamente ahí reside la razón de un proyecto de una sola pieza: un orden que trata la ecología, la economía, el derecho, la educación, la cultura y la técnica como departamentos separados fracasará en los puntos de contacto, que es donde están los verdaderos problemas. Por eso SOLIS no parte de una reforma aislada, sino de las conexiones.

Los cinco fundamentos éticos

Todo orden duradero necesita un fundamento que esté más hondo que sus leyes, su técnica y sus instituciones, porque estas cambian mientras el fundamento tiene que sostener. No está hecho de hormigón, ni de dinero, ni de poder, sino de valores. En SOLIS son cinco fundamentos. No se presentan aquí como una profesión de fe, sino como principios operativos: cada uno de ellos excluye determinados órdenes y trae consigo determinadas consecuencias institucionales.

La dignidad humana

En el centro está el ser humano como valor en sí mismo, no como medio: con independencia de su origen, sexo, edad, convicción o capacidad de rendimiento. De ello no se deriva que todas las personas sean iguales, pero sí que son iguales en valor. Un orden que se toma en serio este principio no puede dividir a las personas en útiles e inútiles, ni dejar caer a nadie porque se le considere improductivo. Una mujer de noventa años con demencia no es una carga. Es parte de la comunidad, con derecho a ser cuidada. Un refugiado no es un factor de coste. Es una persona con historia, dolor y esperanza. La consecuencia institucional es una provisión básica que no depende de la trayectoria laboral y un derecho que protege al débil igual que al fuerte.

El equilibrio entre individuo y comunidad

El ser humano no es ni un luchador solitario y aislado ni un mero elemento del colectivo. Es un individuo social que necesita libertad para crecer y comunidad para florecer. La libertad del individuo termina donde destruye el bien de la comunidad. El bien de la comunidad no puede definirse de modo que aplaste la dignidad del individuo. Este equilibrio no es un estado, sino una danza viva que debe reajustarse una y otra vez. Eso presupone instituciones que realicen precisamente esta ponderación, en lugar de decidirla de forma unilateral. Una empresa no puede eludir las normas ambientales para ganar más a corto plazo, porque eso perjudica a la comunidad. Pero la comunidad tampoco puede decidir por encima de las personas qué es bueno para todos, sin participación, diálogo y respeto.

La responsabilidad por el planeta

La Tierra no es un decorado ni un almacén de materias primas. Es el mundo vivo del que depende toda sociedad: un sistema vivo que no dominamos, sino al que pertenecemos. De ello se deriva el compromiso con un uso que permita la renovación, con la máxima cautela en las intervenciones en los ecosistemas y con la protección de las bases naturales como tarea central y no como asunto secundario. Este principio no es un añadido moral, sino una condición de supervivencia: ningún sistema, ninguna prosperidad y ningún progreso pueden subsistir en un planeta moribundo. Explica por qué en SOLIS las bases naturales quedan fuera del alcance de la apropiación privada y por qué el mundo vivo recibe una voz propia en las decisiones del orden.

El fomento del conocimiento y la sabiduría

SOLIS no basa sus decisiones en el poder, el dinero o la ideología, sino en el mejor conocimiento disponible, unido al juicio ético. El conocimiento sin ética puede ser destructivo, y el poder sin conocimiento es ciego. Solo su unión se sostiene. De ello se deriva el compromiso con la investigación continua, con la verificabilidad de los supuestos y con el acceso abierto al conocimiento. Y de ello se deriva la constatación de que la inteligencia por sí sola no basta. Hace falta la previsión que piensa las consecuencias a lo largo de generaciones, y la humildad de considerar posible el propio error. A ambas cosas juntas las llamamos sabiduría.

La resiliencia a largo plazo

El valor de un orden no se demuestra en tiempos tranquilos, sino en la crisis. Por eso SOLIS está construido para resistir. Es capaz de aprender, porque puede corregirse. Es fuerte, porque está organizado de forma descentralizada. Y es adaptable, porque se toma en serio la retroalimentación. Un sistema sanitario que supera una epidemia sin derrumbarse. Una red energética que compensa con las demás partes el fallo de una de ellas. Una esfera pública que reconoce una mentira antes de que surta efecto. Así es la resiliencia. En un futuro marcado por incertidumbres ecológicas, geopolíticas y tecnológicas, este orden no debe limitarse a sobrevivir. Debe salir de las dificultades fortalecido.

Estos cinco fundamentos constituyen la vara de medir con la que puede evaluarse cada uno de los capítulos siguientes. Son la brújula que orienta las decisiones concretas y, al mismo tiempo, la condición para que muchas normas particulares se conviertan en un orden y no en un remiendo. Y son más que reglas para instituciones. Son también una actitud en la que las personas pueden ir creciendo: respeto por toda vida, veracidad de palabra y de obra, responsabilidad por los propios actos, protección de los débiles y el reconocimiento de la libertad del otro como condición de la propia. No construimos un castillo de naipes. Construimos un fundamento que debe sostener también dentro de cien y de quinientos años: un sistema vivo que puede crecer, aprender, fracasar, renovarse y volver a levantarse una y otra vez.

El núcleo estrecho y la libertad amplia

Hay un malentendido que conviene despejar desde el principio. Que SOLIS descanse en cinco fundamentos innegociables no significa que prescriba a las personas en qué consiste su vida buena. Los fundamentos son un núcleo estrecho y firme. Por encima de él hay una gran libertad. Qué son el sentido, la felicidad y la plenitud, y qué caminos llevan a ellos, no lo determina el orden, sino cada persona y cada comunidad por sí mismas. Un orden que fijara también esto ya no sería un marco, sino una cosmovisión que se erige en ley. Por eso SOLIS separa con rigor lo que vale para todos de lo que pertenece a cada uno: un suelo estrecho de lo innegociable y, por encima, la amplitud de lo diverso. Esta separación reaparece en toda la obra, desde la cultura hasta el orden mundial, y es la razón por la que SOLIS no teme la diversidad, sino que la necesita.

Método y estructura de la obra

La ambición de esta obra exige un método determinado, y conviene exponerlo antes de desarrollar cada uno de los ámbitos.

La primera decisión es la unión entre principio e institución. Un valor que no se traduce en una norma verificable, un procedimiento o una institución queda sin consecuencias. Por eso esta obra no se conforma con describir estados deseables. Nombra, en la medida en que puede, los mecanismos por los que perduran, también y precisamente para el caso de que algunos participantes intenten aprovecharse del orden. Allí donde se introduce un principio, hay que preguntarse siempre, por tanto, cómo se asegura. La segunda decisión es la aplicación del orden a sí mismo. La pregunta más difícil de todo orden social no es cómo gobierna a sus ciudadanos, sino cómo limita su propio poder. SOLIS no la responde con un órgano de control supremo que a su vez quedaría sin control. Aplica los mismos principios a sus propias instituciones: transparencia, separación de poderes, vínculo con la ciudadanía, protección frente a la captura. Esta idea sostiene el capítulo sobre el orden del poder y reaparece en toda la obra. La tercera decisión es la honestidad respecto del propio proyecto. Donde una solución es solo una aproximación, la obra lo dice. Donde un camino puede fracasar, nombra el peligro.

Sobre esta base se despliega la estructura. Este primer capítulo sienta el fundamento ético. El segundo diseña el orden del poder: los derechos fundamentales, el Anillo de las instituciones y la esfera pública. El tercero trata del derecho, el cuarto de la seguridad, la defensa y la paz, el quinto de la economía y los recursos, el sexto del planeta. Siguen la educación y el conocimiento, la salud y el bienestar, la cultura y el sentido, así como la técnica, la inteligencia artificial y el lugar de la humanidad en el contexto más amplio. El undécimo capítulo está dedicado a la infancia y las familias como fundamento sobre el que descansa todo cambio duradero, el duodécimo al camino desde lo existente hasta este orden, el decimotercero a la relación de SOLIS con el mundo. Un capítulo final resume los fundamentos y las piezas del conjunto y dirige la mirada hacia delante.

Por los capítulos dos a trece camina además una mujer llamada Mara. Es inventada, y también lo es la ciudad junto al río en la que vive. Pero todo lo que le sucede es exactamente lo que este libro diseña. Por eso está al comienzo de cada capítulo: para que el orden no solo se entienda, sino que se vea.

Los ámbitos se construyen unos sobre otros, pero cada uno se entiende también por sí solo, de modo que la obra puede leerse de principio a fin o consultarse de forma selectiva. No todas las personas piensan en el mismo orden: unas llegan por el medio ambiente, otras por la educación, otras por la pregunta por el sentido. Por eso la obra es una red y no un andamio, y aun así al final compone una sola imagen. No es un texto para tranquilizar. Es un proyecto para la discusión, escrito para todos los que creen posible no solo la administración de lo existente, sino un orden fundamentalmente distinto y, al mismo tiempo, sólido.

Pásalo

SOLIS solo se difunde de lector en lector. Si este capítulo te ha dado que pensar, envíalo a una persona que debería leerlo.

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