SOLISEl camino hacia el futuro
ES
Capítulo 02

La sociedad y el orden del poder

La carta llegó un martes. Mara, cuarenta y un años, ingeniera hidráulica en la empresa de río y riberas, había sido elegida por sorteo para la asamblea de la región durante un año. Nunca había querido un cargo, y habría podido rechazarlo. El primer día de sesión se sentó entre un agricultor elegido y una cocinera sorteada, y ante ellos estaba el presupuesto de la región, abierto a cualquiera que quisiera leerlo. «No hace falta que sepa nada», dijo la cocinera, que ya estaba en su segundo año. «Solo tiene que preguntar hasta entenderlo. Para eso estamos aquí».

Los derechos fundamentales y la ponderación entre ellos

En el centro de SOLIS hay una doble promesa: eres libre y estás protegido, parte de una comunidad que ni te aplasta ni te deja solo. Suena evidente y, sin embargo, los órdenes existentes fracasan a menudo justo en esto. Garantizan derechos que están completos sobre el papel y quedan vacíos en la vida real: un derecho a la educación donde las escuelas se caen a pedazos, un derecho a la salud que depende del patrimonio, una libertad de expresión silenciada por el poder económico o algorítmico. SOLIS extrae de ello una conclusión de principio: los derechos solo son tan fuertes como su protección práctica. No basta con proclamarlos. Tienen que poder experimentarse, medirse y reclamarse ante los tribunales en la vida cotidiana.

Entre los derechos fundamentales que SOLIS garantiza están el derecho a la vida y a la integridad física y psíquica, la libertad de opinión, de creencia y de conciencia, así como la libertad de movimiento, de reunión y de elección de formación y profesión. A ello se suma el acceso asegurado a las bases materiales de una vida digna: agua, alimentación, vivienda, energía, educación, salud y participación. Esta última garantía no es una dádiva, sino la condición de las demás libertades. No es libertad morirse de hambre, ni es libertad morir de una enfermedad tratable porque faltan los medios. Más allá del ser humano, SOLIS reconoce un derecho propio de protección del mundo natural. Cómo se hace valer lo desarrolla el capítulo sobre el planeta.

Para que estos derechos no se queden en lo abstracto, se anclan en procedimientos e instituciones, y su estado real se registra de forma continua. La observación de los derechos fundamentales es tarea del órgano independiente de transparencia y control que este capítulo presentará más adelante. Mide con regularidad cómo están la libertad y la dignidad reales de las personas, no en la legislación, sino en la vida real. Donde se comprueba que ciertos grupos sufren una desventaja sistemática, se ponen en marcha programas específicos para reducir la desigualdad. Garantizar un derecho incluye así el deber de comprobar que se cumple.

El suelo absoluto y el procedimiento de ponderación

El caso más difícil no es la vulneración de un solo derecho, sino el conflicto entre dos derechos. Aquí no basta con remitirse a un juicio prudente según la situación, porque eso desplaza la verdadera decisión al arbitrio de quienes la toman. SOLIS sustituye ese arbitrio por un procedimiento con límites fijos. En primer lugar hay un suelo absoluto: la dignidad humana y la integridad física y psíquica no son ponderables. Forman un umbral por debajo del cual ningún bien se compensa con otro. Ningún argumento de bien común y ninguna ganancia de eficiencia justifican su vulneración.

Por encima de ese umbral, los conflictos se deciden según un criterio regulado de proporcionalidad. Quien quiere restringir un derecho soporta la carga de la justificación, no aquel cuyo derecho se quiere restringir. Siempre debe elegirse el medio eficaz más suave. La decisión debe justificarse públicamente, está sujeta a la revisión de los consejos éticos y de la justicia y se documenta como precedente, de modo que en el futuro los casos iguales se traten por igual. Así, la ponderación se convierte en un procedimiento comprensible, con un suelo firme, una carga de la prueba clara y la posibilidad de revisión, y no en una cuestión de buena voluntad.

El orden del poder: el Anillo

Hay un problema que reaparece en la historia de toda forma de dominio: el poder tiende a conservarse, a fortalecerse y a protegerse a sí mismo. Atrae dinero, influencia y camarillas. Forma círculos cerrados en los que los intereses se encubren mutuamente. Al final sufren la integridad de las instituciones, la confianza de la ciudadanía y la capacidad de la sociedad para actuar a largo plazo. Un orden que no resuelve este problema, sino que solo lo traslada a otro lugar, no es viable.

Por qué fracasa el gobierno de los sabios

La respuesta más obvia es poner en la cúspide a los más inteligentes e íntegros, seleccionados mediante un procedimiento cuidadoso que examine la sabiduría, la trayectoria vital y la firmeza de carácter. Esta respuesta es seductora, y la historia la ha refutado. Los reyes filósofos de Platón, el mandarinato chino, la vanguardia leninista: cada uno de estos proyectos empezó con la promesa de seleccionar a los mejores y terminó en la concentración del poder. La razón no está en el fracaso de las personas concretas. Está en una debilidad estructural: la sabiduría y la integridad no pueden medirse objetivamente. Donde un orden las convierte en criterio de selección, el propio procedimiento de selección se convierte en el bien más valioso y, por tanto, en el blanco de la captura. Quien controla el filtro controla el sistema. La exigencia de «simplemente seleccionemos a buenas personas» no resuelve, por tanto, el problema del poder. Lo traslada a un lugar más difícil de controlar.

SOLIS extrae de ello una conclusión clara: no basta con una descripción más bonita del órgano de dirección. En su lugar debe haber un mecanismo firme que resista precisamente la dinámica que el propio orden nombra. Este mecanismo consiste en que no hay cúspide.

El Anillo en lugar de la cúspide

En SOLIS no hay en la cúspide ni un presidente ni un monarca, ni un partido ni un ordenador. El poder no está construido como una pirámide, sino como un anillo: un círculo de órganos que se controlan entre sí y ninguno de los cuales es la última instancia. A quien está integrado en este círculo, esta obra lo llama «anillado», una palabra nueva para un estado nuevo: integrado, vinculado mutuamente, sin salida hacia arriba.

Las asambleas son el lugar donde nacen las normas. En cada nivel del orden, en el vecindario, la región y el país, deliberan y aprueban las leyes y los presupuestos de su ámbito. Su composición es mixta: en parte, personas elegidas que responden de sus propuestas y de sus vínculos declarados, y en parte, ciudadanos designados por sorteo. La parte elegida aporta programa y responsabilidad. La parte sorteada trae a la sala a la sociedad en toda su amplitud y rompe los cárteles que se forman en torno a cada elección. Ningún grupo puede mover la asamblea por sí solo, porque no puede comprar ni ganarse de antemano la parte que ocupa el sorteo.

Los cargos temporales ejecutan lo que deciden las asambleas: administran, construyen, abastecen y organizan. Sus direcciones se cubren por idoneidad en un procedimiento abierto, tienen un plazo limitado, rotan y rinden cuentas. Ningún cargo pertenece a una persona. Cada uno se le presta y se le vuelve a retirar.

El Consejo de los Sabios es uno de estos órganos, pero no su cumbre. Su tarea es la orientación a largo plazo e interdisciplinaria, el pensamiento más allá del horizonte de las cuestiones del día, que proporciona a los demás órganos propuestas y ponderaciones. Asesora, propone y advierte. No da órdenes ni decide solo. Su fuerza está en el juicio, no en el control.

Los consejos éticos actúan en todos los niveles como instancias de control de los fundamentos. Examinan los proyectos de ley y las decisiones de gran alcance no solo en su coherencia jurídica y económica, sino en su compatibilidad con los cinco fundamentos. Su composición es interdisciplinaria, con personas de la ciencia, la filosofía, el arte, los cuidados, la artesanía y los grupos que de otro modo no se escuchan, y disponen de un fuerte derecho de examen y de un veto suspensivo. Pueden detener evoluciones que contradigan de raíz los valores del orden y devolver el asunto a la asamblea y a la ciudadanía. Tienen así influencia, no un poder ilimitado.

La justicia aplica el derecho de forma vinculante e igual para todos. Lo decisivo es que también lo aplica a los demás órganos del Anillo. Ningún cargo y ninguna institución está por encima del derecho.

El órgano de transparencia y control, por último, asegura la base sin la cual el Anillo no puede funcionar: el acceso abierto a la información. Garantiza que las decisiones, los flujos de dinero y los conflictos de intereses puedan seguirse, observa el estado de los derechos fundamentales e impide que un órgano deje ciegos a los demás disponiendo él solo del conocimiento.

Estos órganos se controlan unos a otros en círculo. La asamblea decide, pero los consejos éticos pueden detener. El cargo ejecuta, pero la justicia lo vincula. El Consejo de los Sabios propone, pero no decide. El órgano de control lo ve todo, pero no manda nada. Ninguno puede actuar sin los demás, ninguno está por encima de los demás, y no hay ningún punto en el que termine la cadena del control. Precisamente ahí está la ruptura con la pirámide: donde no hay cúspide, tampoco hay un blanco supremo de la captura.

Los niveles y la subsidiariedad

El Anillo no es uno, sino muchos. El orden está construido en niveles, desde el vecindario, pasando por la ciudad y la región, hasta el país y el nivel planetario, del que trata el capítulo sobre el orden mundial. Cada nivel es a su vez un anillo con asamblea, cargos, consejo ético, justicia y órgano de control. Entre los niveles rige la subsidiariedad en su forma estricta: el nivel superior solo puede hacer lo que el inferior de verdad no puede. Las decisiones se toman lo más cerca posible de las personas y del asunto, y el poder fluye de abajo arriba, no al revés. Un parque infantil pertenece al vecindario, una planta de agua a la región, un objetivo climático a la unión de los países.

La ciudadanía como ancla exterior

Un anillo que solo girara sobre sí mismo seguiría siendo un sistema cerrado. Por eso el Anillo está anclado abajo, en el pueblo. La ciudadanía es el único nudo que se encuentra fuera del círculo institucional, y ostenta el poder constituyente: puede revocar a los órganos del Anillo, contradecirlos y volver a cubrirlos. Los miembros del Consejo de los Sabios y de los demás órganos sirven con un mandato revocable. Su autoridad es prestada, no poseída. En SOLIS, el poder no es un premio, sino un préstamo.

Qué decide la propia ciudadanía y qué deja a las asambleas está definido con precisión, para que ni lo uno ni lo otro se desborde. A la ciudadanía le corresponden directamente cuatro cosas: la adopción del propio orden, cualquier modificación de su núcleo, la revocación y renovación de sus órganos y las cuestiones que una asamblea le somete o que una iniciativa con apoyo suficiente lleva ante ella. Todo lo demás, las leyes, los presupuestos, los proyectos y el día a día del orden, lo deciden las asambleas, en las que la ciudadanía ya se sienta por sorteo. Así, el poder del pueblo sigue siendo la raíz, sin que cada tubería de agua se convierta en un referéndum.

Aquí hay, sin embargo, un peligro que SOLIS evita expresamente. El puro poder mayoritario directo traería de vuelta precisamente las fuerzas que el orden rechaza desde el principio: el populismo, la manipulación, las cámaras de eco, el griterío sin rumbo. SOLIS ya lleva la respuesta en sí mismo. El poder de la ciudadanía no se ejerce como una votación en bruto, sino estructurado por el sistema deliberativo de participación: informado, basado en hechos y protegido frente a la manipulación. Antes de cada decisión de la ciudadanía, las personas reciben información verificada y plural, acceso a foros de especialistas y ayudas para la ponderación ética. Solo sobre esa base se decide. Así, el poder del pueblo sigue siendo la raíz de la legitimidad sin convertirse en populismo.

Con ello se ensambla lo que por separado no se sostiene. El poder es un anillo sin cúspide, el anillo está arraigado en el pueblo y el poder del pueblo pasa por el filtro de la deliberación. Esta es la aplicación del orden a sí mismo: SOLIS se gobierna según los mismos principios con los que deja que la sociedad se gobierne.

La mecánica contra la captura

Para que esto siga siendo un mecanismo y no un mero principio, el Anillo descansa en cuatro piezas concretas.

La primera es el sorteo. Una parte de las asambleas y de los órganos de control no se elige ni se nombra, sino que se cubre de forma rotatoria por sorteo entre la ciudadanía, siguiendo el modelo de la antigua bulé y del jurado. Un sorteo no puede sobornarse de antemano. Sobre un sorteo no puede construirse una carrera. Del sorteo no puede surgir un cártel estable. Es el elemento insobornable del sistema.

La segunda es la rotación obligatoria con límites de mandato. El poder pasa por las manos en lugar de asentarse en ellas. Donde nadie permanece en un lugar el tiempo suficiente para hacerlo suyo, nada se anquilosa.

La tercera es el derecho de revocación y reconstitución. El Consejo de los Sabios y cualquier otro órgano pueden ser disueltos y cubiertos de nuevo por una mayoría estructurada e informada de la ciudadanía. Los guardianes sirven mientras su mandato se sostiene, y no más.

La cuarta es la separación entre el dominio de la información y el poder de decisión. Ningún órgano puede determinar a la vez qué se sabe y decidir qué se hace. El órgano de transparencia y control asegura que la base de conocimiento sea compartida y abierta, de modo que ningún nudo pueda dominar a los demás mediante un monopolio de la información.

El sorteo y el saber especializado

La objeción es evidente: ¿cómo va a juzgar un ciudadano elegido al azar sobre cosas que no entiende? La respuesta está en la tarea que cumple el sorteo. No cubre la tarea especializada, sino el control. Nadie es sorteado para dirigir una central eléctrica o una operación quirúrgica. Se sortea a quien comprueba si quienes gestionan y dirigen actúan con honradez, proporcionalidad y en el sentido de los fundamentos. Para ello no hace falta una carrera especializada, sino capacidad de juicio, tiempo y buena información. De esto último se encarga el órgano de control, que asigna a cada órgano sorteado personas expertas de distintas escuelas a las que se permite contradecirse. Quien sale sorteado queda liberado del trabajo mientras dura su servicio, y el servicio cuenta como aportación. Quien no puede o no quiere, puede rechazarlo. Un sorteo que obligara perdería su dignidad. Así, el azar no se convierte en diletantismo, sino en lo que es desde hace siglos en el jurado: la mirada insobornable de la comunidad.

La selección del Consejo de los Sabios

De estas piezas se deriva también la respuesta a la pregunta en la que fracasa el gobierno de los sabios: cómo se cubre el Consejo de los Sabios sin que un filtro oculto de la sabiduría se convierta en objeto de captura.

SOLIS renuncia a un órgano que decida en un procedimiento cerrado sobre la sabiduría de los candidatos. En su lugar hay un procedimiento abierto de varias etapas. Los candidatos se proponen de forma amplia y se examinan en público, según criterios declarados e impugnables: el juicio demostrable, la trayectoria vital y la capacidad acreditada de asumir responsabilidades, no una puntuación opaca de «sabiduría». El papel decisivo en este procedimiento lo desempeña un órgano ciudadano designado por sorteo, que a su vez cambia y que, por tanto, no puede comprarse de antemano. El poder constituyente último y el derecho de revocación siguen en manos de la ciudadanía. Los mandatos son limitados y revocables. La sabiduría no se certifica, por tanto, de una vez para siempre. El Consejo sigue rindiendo cuentas y siendo sustituible en todo momento.

Decidir bajo presión de tiempo

La deliberación necesita tiempo, y no todas las situaciones lo permiten. Una epidemia, la rotura de una presa o un ataque a la red eléctrica exigen decisiones en horas, no en meses. Aquí acecha la tentación de todo orden de crear, en nombre de la emergencia, una autoridad que esté por encima de las reglas, y la historia muestra que tales poderes rara vez se devuelven. Por eso SOLIS construye la excepción de modo que se termine sola. Los poderes de emergencia son posibles, pero están delimitados con precisión, son públicos, temporales y tienen una fecha de caducidad que no se prorroga sin una nueva decisión de la asamblea. Un órgano designado en parte por sorteo revisa después cada medida, y todo lo que se construyó en la emergencia está sujeto al deber de desmantelarlo. El orden puede ser rápido sin perderse a sí mismo, porque la rapidez tiene un final que ya está fijado al principio. Cómo son estas etapas en detalle lo describe el capítulo sobre la seguridad.

Un orden que se sostiene con personas falibles

La piedra de toque decisiva de un orden del poder no es si funciona con buenas personas, sino si sigue siendo justo también con personas falibles y egoístas. El Anillo está construido sobre este supuesto. No exige que quienes ocupan los cargos sean sabios y desinteresados. Solo exige que nadie pueda atrincherarse de forma duradera. Un círculo sin cúspide, cuyos órganos se cubren en parte por sorteo, rotan, son revocables y están sometidos a la información abierta, sigue siendo corregible aunque algunos intenten aprovecharse de él. Al mismo tiempo, cada persona sigue siendo responsable: quien decide lo hace con su nombre, con una justificación pública y ante la justicia, que la vincula como a cualquier otra. Así, SOLIS no resuelve la cuestión del poder con la esperanza de personas mejores. La resuelve con una estructura que resiste la tentación humana del poder, y precisamente eso distingue un proyecto sólido de una mera visión.

La esfera pública, los medios y la cuestión de quién define la realidad

Donde las sociedades se desintegran, a la desintegración le precede con regularidad una pérdida: la pérdida de una referencia compartida a la realidad. Sin una esfera pública que funcione, que sea libre y a la vez responsable, las personas ya no saben a qué atenerse. Las élites del poder determinan los relatos sin control, los hechos se convierten en armas, y la ciudadanía cae en la indiferencia o en el fanatismo. SOLIS opone a ello un orden mediático que no solo es libre en sentido jurídico, sino que está fundamentado éticamente y es transparente, plural y accesible.

Este orden se sitúa entre dos formas fallidas y evita ambas. En los sistemas autoritarios, los medios se convierten en herramientas de control. En los sistemas guiados únicamente por el beneficio, se convierten en máquinas de explotar la atención, que anteponen la audiencia al contenido y la división al entendimiento, y en la esfera pública digital surgen monopolios de opinión que deciden con algoritmos qué se percibe. Por eso SOLIS no conoce ni medios dirigidos por el Estado ni un mercado que solo siga la maximización del beneficio. Las organizaciones de medios trabajan según un código ético verificable. Sus estructuras de propiedad, sus flujos de dinero y sus conflictos de intereses deben hacerse públicos, porque la independencia solo surge donde los medios son libres y a la vez están sujetos a una responsabilidad.

Con ello se plantea la pregunta más difícil de toda sociedad abierta, y SOLIS no la esquiva. Una esfera pública libre tiene que poder defenderse de la desinformación y la manipulación deliberadas que socavan la decisión común. Pero toda instancia capaz de determinar qué debe considerarse falso se convierte ella misma en el mayor peligro, en la puerta por la que históricamente se cuela el avance sigiloso del autoritarismo. La respuesta no puede estar, por tanto, en un ministerio de la verdad que disponga de lo verdadero y lo falso, sino solo en un procedimiento.

Este procedimiento descansa en varias decisiones. No hay censura previa del Estado. La respuesta habitual a las afirmaciones falsas o dañinas es la réplica, la contextualización y el etiquetado, no la eliminación. Donde aun así se contempla una intervención, esta sigue un procedimiento contradictorio: decide un órgano de examen cubierto en parte por sorteo, la carga de la prueba recae en la afirmación de que algo es falso o manipulador, la justificación es pública y contra la decisión cabe recurso. Por encima de todo hay un límite inamovible: este procedimiento nunca puede dirigirse contra la crítica a SOLIS mismo, a sus instituciones o a quienes ocupan sus cargos. La disidencia política está protegida de forma categórica. Precisamente este límite impide que la necesaria defensa frente a la manipulación se convierta en la herramienta para conservar el poder.

La transparencia no rige solo para los medios, sino igualmente para los órganos del orden y para la economía. Las decisiones, los flujos de dinero y los conflictos de intereses deben poder consultarse abiertamente. Los registros de influencia son obligatorios y públicos, y la ciudadanía tiene derecho a saber quién influyó en una decisión, en qué datos se basó y qué alternativas se examinaron. Las plataformas digitales, por último, como arenas centrales de la conversación actual, se tratan como parte de la infraestructura democrática y no como un asunto puramente privado. Sus algoritmos deben hacerse públicos y poder examinarse, otras voces deben encontrar un acceso justo, y también ellas están sujetas a los límites de procedimiento y de protección ya mencionados.

La protección más profunda, sin embargo, no está en un órgano de intervención, sino en la educación. Una población que ha aprendido desde pronto a verificar fuentes, comparar perspectivas y reconocer la manipulación es la defensa más fuerte frente a la distorsión de la esfera pública, y hace que cualquier instancia interventora sea lo más prescindible posible. El objetivo del orden mediático no es, por tanto, el control perfecto de la información. El objetivo es una sociedad madura que no se deja manipular, que juzga de forma crítica y segura, que sabe discutir sin destruirse y escuchar sin someterse.

Los guardianes y los instrumentos de medida

Una vigilancia especial corresponde a los criterios con los que el orden mide su propio estado. La protección de los derechos fundamentales puede observarse, pero todo indicador que se convierte en objetivo pierde con el tiempo su valor informativo: donde una cifra decide sobre el bien del orden, crece la tentación de servir a la cifra en lugar de a la cosa. El vaciamiento no se produce entonces mediante un ataque abierto, sino en silencio, mientras el indicador sigue anunciando buena salud. SOLIS lo afronta de dos maneras. Los propios criterios cambian, se fijan de forma contradictoria y se ponen en duda deliberadamente, y junto a la observación medible aparece un examen imprevisible, a cargo de la ciudadanía, para el que no cabe prepararse. Así no solo se vigila a los guardianes, sino también a los instrumentos de medida.

Cómo cambia el orden

Para que un orden que aprende pueda cambiar sin perderse, necesita una forma regulada de cambiar sus propias normas. SOLIS distingue para ello dos niveles. El núcleo, es decir, los cinco fundamentos, los derechos fundamentales y las protecciones esenciales contra la captura, queda fuera del día a día de la política: ninguna asamblea y ningún cargo pueden tocarlo. Solo la propia ciudadanía puede modificarlo, y aun así únicamente bajo exigencias altas: con una gran mayoría, tras una deliberación a fondo, con un intervalo de tiempo entre la decisión y la confirmación y a lo largo de más de una generación. Todo lo demás se mueve con más libertad, a través de las asambleas y del sistema deliberativo de participación. Así se une lo que por separado fracasa: la flexibilidad sin la cual un orden se petrifica, y la firmeza sin la cual se entrega.

El derecho a irse

A la madurez que esta obra confía a la ciudadanía pertenece también el derecho no solo a rechazar el orden desde dentro, sino a abandonarlo. Quien no quiere vivir bajo los cinco fundamentos no está obligado a quedarse. El derecho a irse es en sí mismo una protección: un orden que se puede abandonar tiene que convencer por lo que logra, y no por el cerrojo de la salida. Cómo se ordena este derecho sin que se convierta en una palanca para destruir la comunidad lo trata el capítulo sobre el orden mundial.

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